Es el corazón latiente del Hotel: Como un hermoso cofre situado en cuatro pisos, conserva las decoraciones que lo hicieron célebre en todo el mundo. El cielorraso se adorna con hermosos frescos de Gusztav Mannheimer y Ferenc Eisenhut, de mitad del siglo XIX. Suntuosas arañas venecianas difunden una luz mágica, estucos dorados recubren las columnas salomónicas: El efecto es encantado y encantador.
Entrar en el NewYork Café significa dar un salto al pasado: El boato, la opulencia y la refinación envuelven completamente a los visitantes. Más tiempo se transcurre en estos salones más se siente secuestrado por el encanto de la Belle Epoque. Mientras en el exterior los Lucíferos de bronce, símbolos del espíritu artístico, recuerdan a muchos pintores, actores e intelectuales, que desde siempre son habitué del Café, dentro se pueden gozar de la proverbial cordialidad de los camareros y de las delicias propuestas por el barman o los chef.
Es una pieza valiosa de Budapest y de la vida literaria húngara, en sus tiempos sede oficial de la revista “Nyugat”.
Una anécdota narra que el famoso escritor Ferenc Molnár, el día de su inauguración, tiró las llaves del Café en el Danubio para que nunca pudiese cerrar.